jueves, 27 de diciembre de 2012

REFLEXIONES



REFLEXIONES
Por: Eliana Soza Martínez
No era la primera vez que lo había pensado, durante diez años había recibido muchas señales, pero las fui escondiendo bajo las cálidas sábanas, que de vez en cuando, se impregnaban de pasión y deseo. En todo este tiempo, nunca tuve agallas de aceptar y escuchar la verdadera historia de mi vida y tomar una decisión definitiva. Pero esto debe cambiar y tiene que ser ahora.
Los primeros años fueron difíciles, como en toda pareja, pero creímos que era natural. No era fácil para nadie acomodar su vida a otra persona y aceptarla con todos sus hábitos y defectos.
No puedo negar que hubo días, incluso semanas enteras de felicidad; además ¿quién puede decir que siempre es feliz? Yo lo fui cuando sentía su cálida mirada y en sus ojos veía el brillo del amor iluminando mi vida, algo que nunca más vi en otro hombre.
Fui feliz cuando me cobijaba en el calor de sus brazos y encontraba allí la seguridad para ser yo misma, cuando compartíamos la lectura de nuestro libro favorito o comentábamos una película que nos había gustado mucho. Ahora pensándolo bien no puedo recordar en qué momento se perdieron esos momentos o peor aún cuando dejé de disfrutarlos.
Sólo recuerdo que de pronto, todas las mañanas esperaba que los días pasaran más rápido y cuando terminaba la semana, esperaba la siguiente sin ninguna ilusión. Creo que lo más agobiante fue eso; perder la ilusión de un gran amor; pensar que lo que tenía era lo mejor que podía conseguir.
Dejarme vencer, sin luchar por mis sueños; dejar dormir mi pasión al lado de ése hombre, en aquella cama que todas las noches me veía cerrar los ojos sin soñar. Los días se iban tornando oscuros y grises; no podía dejar de sentirme triste, frustrada o enojada todo el tiempo y lo peor por cosas sin importancia. Buscaba cualquier razón para pelear y le encontraba todos los defectos del mundo al hombre al que me había entregado por primera vez.
Después de cada pelea me esperaban noches frías, sin el calor de su cuerpo al que ya me había acostumbrado, las horas pasaban y yo sin poder abrazarlo y de nuevo sentirme protegida de mis infaltables pesadillas. Y aquellas ganas locas de perdonarlo todo, de continuar todas las noches y de seguir viviendo esto que todos pensaban que era la felicidad.
Debo admitir que a este sentimiento se sumaba el miedo incesante de quedarme sola, de no tener a nadie con quien hablar, jugar, besar, abrazar, amar y todo lo que hacíamos juntos. Lo que más me asustaba era cometer un error irremediable ¿y si él es el hombre de mi vida­­­?, y ¿si la que lo estaba arruinando en realidad era yo?
No puedo describir lo confusos que fueron esos momentos para mí; especialmente porque nunca he sido sincera conmigo misma, siempre me he mentido o no me he querido escuchar, para no hacerme daño, para no interrumpir mi apacible vida, para no afrontar un fracaso, para no decepcionar a nadie.
Lo peor de todo es que estaba conciente de que tenía que darme un tiempo para pensar y analizar esta situación, ver de afuera mi vida y también proyectar mi futuro; pero como siempre, nunca pude tener una charla sincera conmigo misma. Me ha pasado muchas veces que cuando empiezo a pensar sobre el tema, como cuando uno no quiere escuchar a otra persona, mi mente viaja a otro espacio o a otro tiempo. 

Después de todo, ahora viéndolo de lejos, lo mismo pasaba con él, a pesar de que nos jactábamos de tener una buena comunicación, había siempre algo entre los dos, algo así como un halo opaco que no dejaba que seamos totalmente sinceros y eso hacía que todo termine mal.
Por mi parte tal vez influía demasiado, esa rabia incontrolable que sentía al recordar todo lo que él hacía mal o dejaba de hacer en la casa. En ese preciso instante sentía fuego que inundaba mi sangre, esas ganas de gritarle, mi intolerancia de no poder entender cómo ése hombre no hacía bien las cosas o (como yo creía que estaban bien).
Debo admitir también que muchas veces me dejé llevar por esta rabia y dejé que las cosas fueran demasiado lejos, me permití gritarle cosas muy duras, de las que después me arrepentí profundamente.
Pienso que en realidad lo que sentía esos momentos no era contra él; sino contra mí misma, siento haberme proyectado en él y siento que todo el berrinche y los gritos eran para la otra parte de mí que no me escuchaba, que nunca dejó que me deshogara contándole mis sentimientos.
Se que suena extraño, pero en este momento, al escribir estas líneas todo se vuelve tan claro, tan real, tan lógico, que no puedo creer no haberme dado cuenta antes.
Pensar que pude dejarlo ir… perderlo para siempre. Además ¿Quién puede decir que siempre es feliz?


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