REFLEXIONES
Por:
Eliana Soza Martínez
No era la primera
vez que lo había pensado, durante diez años había recibido muchas señales, pero
las fui escondiendo bajo las cálidas sábanas, que de vez en cuando, se
impregnaban de pasión y deseo. En todo este tiempo, nunca tuve agallas de
aceptar y escuchar la verdadera historia de mi vida y tomar una decisión
definitiva. Pero esto debe cambiar y tiene que ser ahora.
Los primeros años
fueron difíciles, como en toda pareja, pero creímos que era natural. No era
fácil para nadie acomodar su vida a otra persona y aceptarla con todos sus
hábitos y defectos.
No puedo negar que
hubo días, incluso semanas enteras de felicidad; además ¿quién puede decir que
siempre es feliz? Yo lo fui cuando sentía su cálida mirada y en sus ojos veía
el brillo del amor iluminando mi vida, algo que nunca más vi en otro hombre.
Fui feliz cuando me
cobijaba en el calor de sus brazos y encontraba allí la seguridad para ser yo
misma, cuando compartíamos la lectura de nuestro libro favorito o comentábamos
una película que nos había gustado mucho. Ahora pensándolo bien no puedo
recordar en qué momento se perdieron esos momentos o peor aún cuando dejé de
disfrutarlos.
Sólo recuerdo que
de pronto, todas las mañanas esperaba que los días pasaran más rápido y cuando
terminaba la semana, esperaba la siguiente sin ninguna ilusión. Creo que lo más
agobiante fue eso; perder la ilusión de un gran amor; pensar que lo que tenía
era lo mejor que podía conseguir.
Dejarme vencer, sin
luchar por mis sueños; dejar dormir mi pasión al lado de ése hombre, en aquella
cama que todas las noches me veía cerrar los ojos sin soñar. Los días se iban
tornando oscuros y grises; no podía dejar de sentirme triste, frustrada o
enojada todo el tiempo y lo peor por cosas sin importancia. Buscaba cualquier
razón para pelear y le encontraba todos los defectos del mundo al hombre al que
me había entregado por primera vez.
Después de cada
pelea me esperaban noches frías, sin el calor de su cuerpo al que ya me había
acostumbrado, las horas pasaban y yo sin poder abrazarlo y de nuevo sentirme
protegida de mis infaltables pesadillas. Y aquellas ganas locas de perdonarlo
todo, de continuar todas las noches y de seguir viviendo esto que todos
pensaban que era la felicidad.
Debo admitir que a
este sentimiento se sumaba el miedo incesante de quedarme sola, de no tener a
nadie con quien hablar, jugar, besar, abrazar, amar y todo lo que hacíamos
juntos. Lo que más me asustaba era cometer un error irremediable ¿y si él es el
hombre de mi vida?, y ¿si la que lo estaba arruinando en realidad era yo?
No puedo describir
lo confusos que fueron esos momentos para mí; especialmente porque nunca he
sido sincera conmigo misma, siempre me he mentido o no me he querido escuchar,
para no hacerme daño, para no interrumpir mi apacible vida, para no afrontar un
fracaso, para no decepcionar a nadie.
Lo peor de todo es
que estaba conciente de que tenía que darme un tiempo para pensar y analizar
esta situación, ver de afuera mi vida y también proyectar mi futuro; pero como
siempre, nunca pude tener una charla sincera conmigo misma. Me ha pasado muchas
veces que cuando empiezo a pensar sobre el tema, como cuando uno no quiere escuchar
a otra persona, mi mente viaja a otro espacio o a otro tiempo.
Después de todo, ahora viéndolo de lejos, lo mismo pasaba con él, a pesar de que nos jactábamos de tener una buena comunicación, había siempre algo entre los dos, algo así como un halo opaco que no dejaba que seamos totalmente sinceros y eso hacía que todo termine mal.
Después de todo, ahora viéndolo de lejos, lo mismo pasaba con él, a pesar de que nos jactábamos de tener una buena comunicación, había siempre algo entre los dos, algo así como un halo opaco que no dejaba que seamos totalmente sinceros y eso hacía que todo termine mal.
Por mi parte tal vez
influía demasiado, esa rabia incontrolable que sentía al recordar todo lo que
él hacía mal o dejaba de hacer en la casa. En ese preciso instante sentía fuego
que inundaba mi sangre, esas ganas de gritarle, mi intolerancia de no poder
entender cómo ése hombre no hacía bien las cosas o (como yo creía que estaban
bien).
Debo admitir
también que muchas veces me dejé llevar por esta rabia y dejé que las cosas
fueran demasiado lejos, me permití gritarle cosas muy duras, de las que después
me arrepentí profundamente.
Pienso que en
realidad lo que sentía esos momentos no era contra él; sino contra mí misma,
siento haberme proyectado en él y siento que todo el berrinche y los gritos
eran para la otra parte de mí que no me escuchaba, que nunca dejó que me
deshogara contándole mis sentimientos.
Se que suena
extraño, pero en este momento, al escribir estas líneas todo se vuelve tan
claro, tan real, tan lógico, que no puedo creer no haberme dado cuenta antes.
Pensar que pude
dejarlo ir… perderlo para siempre. Además ¿Quién puede decir que siempre es
feliz?
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